|
Cada
cosa o ser que nace, parece una vida nueva que viene a existir entre
nosotros. Vemos como crece y vive la pequeña forma, convirtiéndose
paulatinamente en un factor de nuestras vidas durante días, meses ,
años. Por último llega un momento en el que la forma decae, muere y se
disgrega. La vida que vino, ignorando nosotros de donde, ha pasado al
invisible más allá y con tristeza nos preguntamos: ¿De dónde vino? ¿Por
que estuvo aquí? ¿ Adonde fue?
La
forma esquelética de la Muerte arroja su sombra horrenda sobre todos los
umbrales. Viejos o jóvenes, sanos o enfermos, ricos o pobres, todos,
todos debemos pasar a través de esa sombra, y en todas las edades se ha
escuchado el agonizante grito, la angustiosa pregunta sobre la solución
del secreto de la vida: esto es, el secreto de la muerte.
Por
lo que respecta a la gran mayoría de la humanidad, las tres grandes
preguntas: ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿A dónde vamos?,
permanecen incontestadas. Y desgraciadamente se ha hecho ya una opinión,
aceptada por la mayoría, de que nada podemos conocer definitivamente
acerca de estos asuntos tan obscuros y que tanto interesan a la
humanidad. Nada más erróneo que semejante idea. Todos y cada uno, sin
excepción, pueden capacitarse para obtener informaciones directas y
definidas sobre el asunto; todos pueden investigar el estado del
espíritu humano antes del nacimiento y después de la muerte. No hay
favoritismos ni se requieren dones especiales. Todos tenemos la facultad
inherente de conocer todo eso; pero ... Sí, hay un "pero", y un "pero"
notable. Esa facultad está en todos, si bien latente en la mayoría. Se
necesita para despertarla un esfuerzo persistente, y esto parece algo
así como un poderoso "disuasivo", si se nos permite la palabra. Si su
despertar pudiera conseguirse por dinero, aún cuando el precio fuera muy
elevado, muchos lo pagarían sin vacilar para conseguir semejante ventaja
sobre sus semejantes; pero son muy pocos, ciertamente, los que se
prestan a vivir la vida que se necesita vivir para despertar aquella
facultad. Este despertar se produce únicamente mediante un esfuerzo
paciente y perseverante. No puede comprarse; no hay caminos fáciles para
llegar a ese despertar.
Todos convenimos en que para llegar a tocar bien el piano es necesaria
la práctica, y en que sería inútil pensar en ser relojeros si antes no
nos sometiéramos al aprendizaje. Pero cuando se trata del alma, de la
muerte, del más allá, de las grandes causas, del ser o de cuestiones
análogas, muchos creen saber tanto sobre ello como cualquier otro y
creen también tener el mismo derecho para emitir una opinión, aun cuando
no hayan dedicado a esas cuestiones ni una hora de estudio.
Es
evidente que nadie puede dictaminar seriamente sobre un asunto si no
está versado en él. En los casos legales, cuando se necesitan peritos
para dictaminar sobre cualquier materia en litigio, se examina en primer
lugar su competencia. Su testimonio no valdría nada si no prueban su
proficiencia y sus conocimientos sobre el asunto objeto de peritaje.
Si
se encuentran en las condiciones requeridas, mediante el estudio y la
práctica, para emitir un dictamen experto, este será recibido con toda
deferencia y respeto; y si el testimonio de un perito es corroborado por
el de otros igualmente idóneos, el valor y la veracidad de lo afirmado
por el primero aumenta inmensamente.
El
testimonio irrefutable de un tal experto vale machismo más que el de una
docena o el de un millón de hombres que no saben de lo que están
hablando, porque nada, aún multiplicado por un millón, sigue siendo
siempre nada. Esto es tan cierto matemáticamente como con referencia a
cualquier otro asunto.
.
MAX
HEINDEL |