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Cuando la
existencia en el purgatorio ha terminado, el espíritu se eleva hasta
el primer cielo, que está situado en las tres regiones más elevadas
del Mundo del Deseo, donde los resultados de su sufrimiento se
incorporan en el átomo- simiente del cuerpo de deseos, impartiéndole
así la cualidad de la rectitud, la que actuará como impulso para el
bien y repulsión para el mal en el futuro. Aquí, nuevamente el
panorama del pasado se desarrolla hacia atrás; pero en este caso las
buenas obras de la vida son las bases del sentimiento. Cuando
llegamos a escenas en las que ayudamos a otros, comprendemos de
nuevo toda la alegría que esto nos proporcionó, y además sentimos
toda la gratitud emitida por aquel a quien ayudamos, y cuando vemos
de nuevo escenas en las que fuimos ayudados por otros, volvemos a
sentir toda la gratitud que emitimos hacia nuestro bienhechor. Y de
esta manera vemos la importancia de apreciar los favores que nos han
hecho, porque la gratitud produce crecimiento anímico. Nuestra dicha
en el cielo depende de la felicidad que hayamos proporcionado a
otros y al valor que demos a lo que otros han hecho por nosotros.
Debe siempre recordarse que el poder de dar no reside
exclusivamente en el hombre adinerado. El dar dinero sin
discernimiento puede ser malo. Es bueno dar dinero para un propósito
que estamos convencidos es benéfico, pero un servicio vale un millar
de veces más. Como dice Whitman:
"¡Mirad! No me limito a dar discursos o a una pequeña caridad.
Cuando doy, me doy yo mismo".
Una
mirada cariñosa, expresiones de confianza, la simpatía, la ayuda
benévola, estas cosas pueden ser dadas por todos sin que importe
nada la fortuna. Sin embargo, debemos tratar de ayudar al necesitado
de manera que él pueda ayudarse a sí mismo, sea física, financiera,
moral o mentalmente, para no dar origen a que quede dependiendo de
nosotros o de los demás. |