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Y la Voz aún más dulce que el silencio dijo: "¡Mira,
soy yo, no temas! En muchas tierras gastaste tu vida sin provecho
buscando al Santo Grial. ¡Mira , aquí está! Esta taza que acabas de
llenar en el arroyo para mí; esa corteza es mi cuerpo partido para
ti; esta agua la sangre que por ti derramé en el madero. La Sagrada
Cena se efectúa ciertamente en cualquier cosa cuando participamos de
las necesidades de otro, pues la dádiva sin el dador es estéril; el
que da su propio ser, alimenta a tres con sus limosnas: así mismo, a
su prójimo hambriento y a mí".
El primer cielo es un lugar de alegría sin mezcla
alguna de amargura. El espíritu está más allá de la influencia de
las condiciones materiales y terrestres, y asimila todo el bien
contenido en su vida pasada conforme lo revive de nuevo. Todos los
designios nobles a los que el hombre aspiró se realizan aquí
ampliamente. Es un lugar de reposo, y cuanto más dura ha sido la
vida, tanto más intenso será el descanso de que se gozará. La
enfermedad, la tristeza y el dolor son cosas desconocidas. Esta es,
por decirlo así, la tierra de veraneo de los espiritualistas, la
tierra de promisión. Los pensamientos del devoto cristiano han
construido allí la nueva Jerusalén. Hermosas casas, flores, etc. ,
son el premio de los que a ellas aspiraron: ellos las construyen por
medio del pensamiento en la sutilísima materia de deseos. Sin
embargo, estas cosas son tan reales y tangibles como lo son para
nosotros nuestras casas materiales. Todos obtienen aquí la
satisfacción de que carecieron en su vida terrestres.
Hay
una clase que lleva especialmente una vida hermosísima: los niños.
Si pudiéramos verlos siquiera, cesarían todas nuestras penas. Cuando
un niño muere antes del nacimiento de su cuerpo de deseos, lo que
tiene lugar alrededor de los catorce años, no va más allá del primer
cielo, porque no es responsable de sus actos, como tampoco es
responsable el aun n nacido del dolor que causa a su madre
moviéndose o saliendo de la matriz. Por lo tanto el niño no tiene
existencia en el purgatorio. Lo que no ha sido vivificado no puede
morir; por lo tanto, el cuerpo de deseos de un niño, junto con su
mente, persistirá hasta el nuevo nacimiento, y por tal razón esos
niños son muy aptos para recordar las encarnaciones anteriores, como
se indica en el caso citado en otro lugar.
Para tales niños, el primer cielo es una sala de espera donde
permanecen desde uno hasta veinte años, hasta que se presenta una
nueva oportunidad para renacer. Sin embargo, es algo más que una
sala de espera sencillamente, porque se progresa mucho durante la
estada en ella.
Cuando un niño muere hay siempre alguno de su familia que lo está
esperando, o, en su defecto, hay quienes les gustaba adoptar
maternalmente a los niños en su vida terrestre y que tendrán sumo
placer en hacerlo aquí. La extrema plasticidad de la materia de
deseos hace muy fácil el formar los más exquisitos juguetes
vivientes para los niños, y su vida es un hermoso juego; sin
embargo, no queda descuidada su instrucción. A los niños se les
agrupa en clases, de acuerdo con sus respectivos temperamentos, pero
sin tener en cuenta para nada su edad. En el Mundo del Deseo es muy
fácil dar lecciones objetivas de la influencia del bien y del mal,
de la conducta y de la felicidad. Estas lecciones se imprimen
indeleblemente sobre el sensitivo y emotivo cuerpo de deseos del
niño y lo acompañan después de su nacimiento, así que muchos de los
que llevan una vida noble lo deben a que han estado sometidos a ese
desarrollo. A menudo, cuando nace un espíritu débil, los Seres
Compasivos (los invisibles Guías que dirigen nuestra evolución) lo
hacen morir en edad temprana para que pueda gozar de ese desarrollo
extra, ayudándolo así a soportar lo que pudiera haber sido para él
una vida muy dura. Este parece ser el caso, especialmente cuando la
impresión en el cuerpo de deseos fue débil debido a que las personas
que rodeaban el moribundo lo perturbaron con sus lamentaciones o por
haber muerto por accidente o en un campo de batalla. Bajo esas
circunstancias el muerto no ha experimentado la intensidad de
sentimientos apropiada en su estado post-mortem, y, por lo tanto,
cuando renace y muere en edad temprana, aquella pérdida se recobra
en la forma indicada más arriba. Muy a menudo el deber de cuidar a
ese niño en la vida celeste recae sobre aquellos que fueron la causa
de esa anomalía. Se les proporciona así una oportunidad para reparar
su falta y aprender a obrar mejor. O tal vez pueda tocarles ser los
padres del recién nacido y cuidarlo durante los pocos años que viva.
Entonces nada importará que se lamenten histéricamente cuando el
niño muera, porque en el cuerpo vital infantil no hay recuerdos o
imágenes de ninguna consecuencia. |