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Sufrirá
intensamente, sus sufrimientos serán tanto más terribles porque no
son completamente mentales, pues el cuerpo denso obstaculiza el
sufrimiento hasta cierto punto. En el Mundo del Deseo este
sufrimiento tiene amplia expansión y el mísero sufrirá hasta que
aprenda que el oro puede ser una calamidad o un azote. En esta forma
se va contentando gradualmente con su suerte y se liberta, por
último, de su cuerpo de deseos y puede seguir adelante.
Tomemos el caso
de un bebedor Tiene tanto gusto por los licores después de su muerte
como antes de ella. No es el cuerpo denso el que le pide la bebida.
Se ha enfermado por el alcohol y no puede pasar sin él. Vanamente
protestará de maneras diversas, pero el cuerpo de deseos del bebedor
exigirá la bebida y obligará al cuerpo denso a tomarla, apara que
así resulte una sensación de placer, pues aquel producto aumenta la
vibración. Este cuerpo de deseos subsiste después de la muerte del
cuerpo denso; pero el bebedor que se encuentra en su cuerpo de
deseos no tiene ni boca ni estómago capaces de contener licores
físicos. Puede, y así lo hace, ir a los bares o cafés donde
interpola su cuerpo dentro del de los bebedores para aprovecharse
así un tanto de sus vibraciones por inducción; pero esto es
demasiado débil como para darle satisfacción. Puede meterse en un
tonel de aguardiente; pero esto tampoco le da resultado porque en un
barril no se producen vapores que sólo se generan en los órganos
digestivos del bebedor. No tienen el menor efecto sobre él y se
encuentra en parecidas circunstancias a las que se encuentra el
hombre que en un barquichuelo estuviera en medio del océano: "agua,
agua por doquier, pero ni una sola gota para beber", y, en
consecuencia, sufre intensamente. Con el tiempo, aprende, sin
embargo, la inutilidad de desear bebidas que no puede saborear. De
la misma manera como sucede con muchos de nuestros deseos en la vida
terrestre, todos los deseos en el Mundo del Deseo mueren por falta
de oportunidad para satisfacerlos. Cuando el bebedor ha sido así
purgado, está pronto, en lo que concierne a esa costumbre, para
dejar el estado de "purgatorio" y ascender al mundo celeste.
Vemos pues que
no hay tal Deidad vengativa que ha hecho el purgatorio o el infierno
para nosotros, sino que los creadores de estos han sido nuestros
propios actos y malos hábitos. De acuerdo con la intensidad de
nuestros deseos será el tiempo que tengamos que sufrir para su
purificación. En los casos mencionados no hubiera habido el menor
sufrimiento para el bebedor por haber perdido sus posesiones
materiales. Si hubiera tenido algunas, no se hubiera cuidado de
ellas. Ni tampoco le habría causado el menor sufrimiento al avaro al
encontrarse privado de alcoholes embriagantes. Podríase afirmar que
nada le hubiera importado que no existiera ni una sola gota de licor
en el mundo. Pero sí se preocupó por su oro y el borracho por su
bebida, así la inconmovible ley da a cada uno lo que necesita para
purificarse de sus intensos deseos y malos hábitos.
Esta es la ley
que está señalada por la guadaña de la gran segadora, la Muerte; la
ley dice: " aquello que el hombre siembre, eso mismo recogerá". Esta
es la ley de la Causa y Efecto que regula todas las cosas,
restableciendo el equilibrio, aún donde el menor acto haya producido
una perturbación, desequilibrio que todos los actos producen. El
resultado puede manifestarse inmediatamente o puede ser demorado
durante años o vidas enteras; pero algún día en alguna parte se hará
la justa y equivalente retribución. El estudiante debe notar muy
especialmente que el trabajo de la ley es completamente impersonal.
En el universo no existe ni recompensa ni castigo. Todo es el
resultado de la ley invariable. La acción de esta ley se dilucidará
completamente en el próximo capítulo, donde la veremos asociada a
otra Gran Ley del Cosmos, que también opera en la evolución del
hombre. La ley que estamos considerando ahora es la ley de
Consecuencia. |