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El
matemático tiene que tratar sobre el espacio, y la facultad para la
percepción de este espacio está relacionada con el delicado ajuste
de los tres canales semicirculares que están situados dentro del
oído, apuntando cada uno a una de las tres dimensiones del espacio.
La lógica y la habilidad matemática están en proporción directa al
ajuste de esos canales semicirculares. La habilidad musical depende
también del mismo factor, pero además de la necesidad del debido
ajuste de dichos canales semicirculares, el músico precisa que las
"Fibras de Corti" sean extremadamente delicadas y de las cuales hay
cerca de diez mil en el oído humano y son capaces de interpretar
cada una alrededor de veinticinco gradaciones de tonalidad. En los
oídos de la mayoría de los hombres esas fibras no responden más que
de tres a diez de las gradaciones posibles.
Entre los
músicos ordinarios, el mayor grado de eficiencia es alrededor de
quince sonidos por cada fibra; pero el maestro de música que puede
atraer e interpretar la música del mundo celeste requiere un mayor
grado de eficiencia para poder distinguir entre las diferentes notas
y notar la más ligera disonancia en las más complicadas melodías.
Las personas que requieren órganos de tan extremada delicadeza para
la expresión de sus facultades deben prestarles el mayor cuidado,
como lo requiere su elevado grado de desarrollo. Ningún otro es tan
elevado como el músico, lo que es muy razonable si consideramos que
mientras el pintor atrae fácilmente la inspiración del mundo del
color -- el más próximo al Mundo del Deseo --, el músico evoca y nos
ofrece la atmósfera de nuestro hogar celeste, al que como espíritus
pertenecemos, y nos la traduce en sonidos de nuestra vida terrestre.
Su misión es la más elevada, porque como medio de expresión del alma
viviente, la música es reina suprema. El que la música sea diferente
y más elevada que las otras artes se comprende si consideramos que
una estatua o un cuadro, una vez creado, es permanente. Estos son
evocados del Mundo del Deseo y por lo tanto se cristalizan más
fácilmente, mientras que la música, siendo del mundo celeste, es más
evasiva y debe reproducirse cada vez que la queremos oír. No puede
ser aprisionada, como lo demuestran las tentativas infructuosas,
para hacerlo parcialmente por medio de mecanismos tales como el
fonógrafo y los autopianos. La música sí reproducida pierde mucho de
la dulzura y grandeza que posee cuando viene fresca de su propio
mundo, trayéndole añoranzas de su verdadera patria y hablándole en
un lenguaje de bellezas tal, que ningún mármol ni ningún cuadro
pueden expresar.
El instrumento
por el cual siente el hombre la música es el más perfecto sentido
del cuerpo humano. El ojo no es, en manera alguna, verdadero, pero
el oído es perfecto en el sentido de cualquier sonido que oye lo oye
sin deformarlo, mientras que el ojo tergiversa muy a menudo lo que
ve.
Además del oído
musical, el músico debe también aprender a construir una mano fina y
delicada, con dedos ágiles y sensitivos nervios, pues en caso
contrario no podría reproducir las melodías que oye.
Es una ley de la
naturaleza el que nadie pueda habitar un cuerpo más eficiente que el
que sea capaz de construir. Se aprende primeramente a construir en
cierto grado el cuerpo y después se aprende a vivir en él. De esta
manera se descubren los defectos y se le enseña a corregirlos.
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