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La
persona sanguínea, cuando la sangre no es demasiado caliente, es
activa mental y corporalmente, mientras que la persona anémica es
displicente. En la una el Ego tiene mayor dominio; en la otra ,
menor. Cuando el Ego necesita pensar, atrae sangre con la
temperatura necesaria al cerebro. Cuando una comida copiosa o pesada
centraliza la actividad del Ego en los órganos digestivos, el hombre
no puede pensar: está soñoliento.
Los
antiguos escandinavos y escoceses reconocían que el Ego estaba en la
sangre. Ningún extranjero podía asociarse con ellos hasta que había
"mezclado su sangre" con la de ellos, haciéndose así uno de los
suyos. Goethe, que era un iniciado, también lo dice en su "Fausto".
Fausto va a firmar un pacto con Mefistófeles y pregunta: "¿Por qué
no firmar con tinta ordinaria? ¿Por qué usar sangre?" Y Mefistófeles
contesta: "La sangre es una esencia muy especial". El sabe que quien
tiene la sangre tiene al hombre; que sin sangre caliente el Ego no
puede expresarse.
El
calor apropiado para la expresión real del Ego no está presente
hasta que la mente ha nacido de la Mente Concreta Macrocósmica,
cuando el individuo tiene unos veintiún años. La ley lo reconoce así
también desde el momento en que fija la mayoría de edad como mínimo
a los veintiún años.
En el
presente estado de desarrollo de la humanidad, el hombre atraviesa
esos diversos grados en cada ciclo de vida, de un nacimiento al
siguiente. |