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Mirando
la vida desde el punto de vista ético, encontramos que la ley del
Renacimiento junto con la de Consecuencia, su compañera, es la única
teoría que satisface la justicia y está en armonía con los hechos de
la vida que vemos en torno nuestro.
No es
fácil comprender para la mente lógica, cómo un Dios "justo y amante"
puede exigir las mismas virtudes de los millares de seres que El
mismo ha "colocado bajo diferentes circunstancias" sin regla ni plan
alguno aparente, porque sí, de acuerdo con su capricho. Uno vive
lujosamente; el otro tiene que roer su pobre mendrugo. El uno posee
una buena educación moral y un ambiente de elevados ideales; el otro
es colocado en un ambiente mezquino y enseñado a mentir y a engañar,
y cuanto más bien lo hace más éxito tiene. ¿Es justo exigir de ambos
lo mismo? ¿Es justo recompensar al uno por vivir honestamente cuando
ha sido colocado en un ambiente tal que es sumamente difícil que
peque, o castigar al otro que se encuentra tan constreñido que
apenas puede tener idea de lo que constituye la verdadera moralidad?
Seguramente no. Es más lógico que nosotros hayamos interpretado mal
la Biblia, que imputar a Dios tan monstruoso proceder.
Es
inútil decir que no debemos investigar los misterios de Dios; que
están más allá de todo nuestro entendimiento. Las desigualdades de
la vida pueden ser explicadas satisfactoriamente por medio de las
leyes del Renacimiento y de Consecuencia, que armonizan
perfectamente con nuestra concepción de un Dios justo y amante, tal
como dijo Cristo mismo.
Además, mediante esas leyes, vemos que podemos emanciparnos de
nuestra poco deseable condición actual, y adquirir determinado grado
de desarrollo por muy imperfectos que actualmente seamos.
Lo que
somos, lo que tenemos, todas nuestras buenas cualidades, son el
resultado de nuestras propias acciones. Lo que nos falta física,
moral o mentalmente puede ser nuestro en el futuro.
Así
como no podemos más que volver a vivir todas las mañanas, después
del sueño de la noche precedente, así también por nuestras obras en
las vidas anteriores hemos creado las condiciones de nuestras
futuras vidas. En vez de lamentarnos de la falta de ésta o de
aquella facultad que deseamos, debemos poner los medios para
adquirirla.
Si un
niño toca con toda facilidad un instrumento musical sin mayor
esfuerzo aparente, mientras que otro a pesar del persistente
esfuerzo toca con dificultad, esto muestra sencillamente que el
primero empleó sus esfuerzos en alguna vida anterior y por lo tanto
posee esa virtud en la música, mientras que los esfuerzos del otro
comienzan ahora en esta vida, y por consiguiente tiene que
esforzarse mucho más. Pero si el último persiste, podrá, aún en su
vida presente, llegar hasta ser superior al primero, a menos que
éste continúe ejercitándose y perfeccionándose.
El
hecho de que no recordemos los esfuerzos destinados a adquirir una
facultad por medio de un trabajo tenaz, no tiene valor; no puede
alterar nada el hecho, porque la facultad permanece con nosotros.
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