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Todo esto fue preparatorio de la venida de Cristo, y
es muy significativo el que su primer acto fue cambiar "el agua en
vino" (San Juan II:11).
Reservadamente Cristo enseñó el Renacimiento a sus
discípulos. Y no solamente se lo enseñó con palabras, sino que se
los llevó "a la montaña". Este es un término místico que significa
un lugar de iniciación. En el curso de la iniciación los discípulos
vieron por sí mismos que el Renacimiento era un hecho, porque
entonces Elías apareció entre ellos, a quienes se les había dicho
antes también que era también Juan el Bautista. Cristo ya se lo
había dicho en términos inequívocos, cuando hablando de Juan el
Bautista manifestó: "Mas os digo que ya vino Elías y no le
conocieron; antes hicieron de él todo lo que quisieron". Y después
de esto se dice que "los discípulos entonces entendieron que les
hablaba de Juan el Bautista" (Mateo, XVII:12-13). En esta ocasión y
también cuando Cristo y sus discípulos discutieron el Renacimiento.
Él les dijo que algunos pensaban que Él era Elías, y otros, que era
uno de los profetas que habían reencarnado. Y les ordenó que "no se
lo dijeran a nadie" (Mateo, XVII:9; Lucas , IX:21). Esto debía debía
ser durante miles de años una enseñanza esotérica, únicamente
conocida por los pocos precursores de la raza que se habían
preparado para ese conocimiento, elevándose hasta el estado de
desarrollo en que esas verdades serán conocidas por el hombre
nuevamente. Que Cristo enseñó el Renacimiento y también la ley de
Consecuencia se evidencia claramente en el caso del hombre que había
nacido ciego, cuando sus discípulos le preguntaron: "¿quién pecó,
éste o sus padres, para que naciese ciego?" (San Juan, IX: 2.)
Si Cristo no hubiese enseñado las leyes del
Renacimiento y de Consecuencia, la respuesta hubiera sido
naturalmente: "Es un absurdo, cómo pudo haber pecado un hombre antes
de nacer, y cuyo pecado le hubiera producido como resultado la
ceguera?" Pero Cristo no contestó en esa forma. Ni se sorprende por
la pregunta, ni la trata como si fuera extemporánea, mostrando así
que estaba en completa armonía con sus enseñanzas. Y explica: "Ni
éste pecó, ni sus padres: sino para que las obras de Dios se
manifiesten en él" (Juan , IX:3).
La interpretación ortodoxa es que aquel hombre
había nacido ciego para que Cristo hubiera podido tener una
oportunidad de realizar un milagro mostrando su poder. Sería, en
efecto, una manera muy rara para Dios el tratar de obtener gloria
caprichosamente, condenando a un hombre a muchos años de ceguera y
miseria para poder "mostrar" en el futuro su poder. Consideraríamos
a un hombre que obrara en tal forma como un monstruo de crueldad.
¡Cuánto más lógico no es pensar que debe haber otra
explicación! Imputar a Dios lo que en un ser humano calificaríamos
con palabras muy duras, está completamente fuera de razón.
Cristo distinguía entre la ceguera física del
hombre en cuestión y del Dios interno en él, que es el Yo Superior.
El cuerpo físico no había cometido pecado alguno.
El Dios interno habría cometido algún acto que se manifestó después
como ese sufrimiento especial. Y no es forzar la cuestión al llamar
Dios a un hombre. San Pablo dijo: ¿No sabéis que sois Dioses?, y
refiriéndose al cuerpo humano lo llamó el "templo de Dios", del
espíritu interno.
Finalmente, aunque la mayoría de la gente no
recuerda sus vidas pasadas, hay algunos que las recuerdan, y todos
pueden conocerlas si viven la vida necesaria para obtener ese
conocimiento. Esto requiere una gran energía de carácter, porque tal
conocimiento implicaría el conocer también el destino inminente que
puede estar suspendido sobre nuestras cabezas, negro y siniestro,
manifestándose como horrendo desastre. La Naturaleza ha ocultado
graciosamente el pasado y el futuro, para no robarnos la paz de la
mente impidiendo la pena anticipada de lo que tuviéramos por
delante. Conforme vamos adquiriendo mayor desarrollo, aprendemos a
dar la bienvenida a todas las cosas con ecuanimidad, viendo en todo
dolor el resultado del mal pasado y sintiéndonos gozosos de haber
pagado las obligaciones en que habíamos incurrido, sabiendo que nos
queda menos por delante y que el día de la liberación de la rueda de
nacimientos y muertes se acerca.
Cuando una persona muere en la infancia de una
vida, recuerda frecuentemente su vida en la próxima encarnación,
porque los niños menores de catorce años no pasan por todo el ciclo
completo de vida y por lo tanto no precisan un nuevo juego de
vehículos completo. Simplemente pasan a las regiones superiores del
Mundo del Deseo y allí esperan una nueva encarnación, la que
generalmente tiene lugar dentro de los veinte años después de la
muerte. Cuando renacen llevan consigo los antiguos cuerpos mental y
de deseos, y si escucháramos la charla de los niños muy a menudo
podríamos reconstruir y descubrir historias tales como la que sigue:
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