|
Yo solía bromear
cuando aún estábamos juntos y decir a la gente que la
primera vez que vi a Nancy mi corazón latía con tanta fuerza
que yo no podía contener el aliento. Era verdad: ella era
enfermera y trabajaba para la firma en que estoy empleado, y
yo estaba en su consultorio para un examen de rutina de mi
sistema respiratorio, por eso mi corazón latía así y mi
respiración estaba agitada. Me había enviado mi superior
porque había engordado mucho y también porque había tenido
unos dolores en el pecho. De hecho, estaba en pésimas
condiciones. Mi esposa me había dejado un año y medio atrás
por otro hombre, y si bien en casos así los hombres van a
los bares por las noches, yo me quedaba en casa, mirando
televisión y comiendo.
Siempre me había
gustado comer. Mi esposa y yo jugábamos mucho tenis y creo
que eso se encargaba de las calorías cuando estábamos
juntos, pero cuando ella se fue, jugar al tenis me deprimía.
Diablos, todo me deprimía. Aquel día en el consultorio de
Nancy supe que había aumentado veintinueve kilos y medio en
dieciocho meses. Nunca me había preocupado por pesarme,
aunque había pasado por varios talles de ropa. Simplemente
no me importaba.
Al principio
Nancy se mostró muy profesional; me dijo lo grave que era
ese aumento de peso y lo que tendría que hacer para
adelgazar, pero yo me sentía como un viejo y en realidad no
quería esforzarme por cambiar.
Creo que
simplemente sentía pena por mí mismo. Incluso mi ex, cuando
me veía, me reprendía diciendo: "¿Cómo puedes abandonarte
así?" Yo tenía cierta esperanza de que ella volviera para
salvarme, pero no lo hizo.
Nancy me
preguntó si algún acontecimiento había precipitado mi
aumento de peso. Cuando le conté sobre el divorcio ella dejó
de ser tan profesional y me palmeó la mano con compasión.
Recuerdo que me emocionó un poco que hiciera eso, y que fue
especial porque hacía mucho tiempo que yo no sentía mucho
por nadie. Me aconsejó una dieta, me dio montones de
folletos y me dijo que regresara cada dos semanas para que
ella pudiera ver cómo me iba. Yo no veía la hora de volver.
Las dos semanas pasaron y yo no había hecho la dieta ni
había perdido nada de peso, pero sí había ganado la
compasión de Nancy. En mi segunda consulta pasamos todo el
tiempo hablando sobre la forma en que me había afectado el
divorcio. Ella me escuchó y me instó a hacer lo que todos
dicen que hay que hacer: asistir a clases, ingresar a un
club de salud, hacer un viaje en grupo, desarrollar nuevos
intereses. Yo accedí a todo, no hice nada y esperé otras dos
semanas para volver a verla. En esa tercera consulta la
invité a salir. Yo sabía que estaba muy gordo y mi aspecto
dejaba mucho que desear, y en realidad no sé de dónde saqué
el coraje, pero lo hice, y ella aceptó. Cuando pasé a
buscarla el sábado por la noche ella tenía más folletos,
junto con artículos sobre dietas, el corazón, ejercicios y
el sufrimiento emocional. Hacía mucho tiempo que no me
prestaban tanta atención.
Comenzamos a
salir y muy pronto tomamos nuestra relación con seriedad. Yo
pensaba que Nancy haría desaparecer todo mi dolor. Ella lo
intentó mucho, tengo que admitirlo. Incluso dejé mi
apartamento y me mudé al de ella. Se esforzaba por cocinar
alimentos de bajo colesterol y controlaba todo lo que comía.
Incluso me preparaba almuerzos para llevar al trabajo. Si
bien yo no comía nada parecido a lo que había estado
consumiendo todas esas noches, solo frente al televisor,
tampoco bajaba de peso. Simplemente me mantenía igual, ni
más gordo ni más delgado. En realidad, Nancy se esforzaba
mucho más que yo por hacerme perder peso. Ambos actuábamos
como si el a proyecto fuera de ella, como si mi mejoría
fuera su responsabilidad.
De hecho, creo
que tengo un metabolismo que requiere ejercicios extenuantes
para quemar calorías con eficiencia, y yo no hacía mucho
ejercicio. Nancy jugaba al golf y yo jugaba un poco con
ella, pero no era mi deporte.
Después de estar
juntos unos ocho meses, hice un viaje de negocios a Evanston,
mi ciudad natal. Por supuesto, después de dos días allí me
encontré con un par de amigos de la escuela secundaria. Yo
no quería ver a nadie con el aspecto que tenía, pero esos
tipos eran viejos amigos y teníamos mucho que hablar. Se
sorprendieron cuando les conté sobre mi divorcio. Mi esposa
era de la misma ciudad. Bueno, me convencieron para jugar un
set de tenis. Los dos jugaban, y sabían que era mi juego
preferido desde la secundaria. Yo pensé que no duraría un
solo game y se lo dije, pero insistieron.
Me sentí muy
bien al volver a jugar. Si bien los kilos de más me hacían
más lento y perdí todos los juegos, les dije que volvería al
año siguiente para darles una paliza.
Cuando llegué a
casa Nancy me dijo que había asistido a un estupendo
seminario sobre nutrición y quería que yo probara todo lo
que había aprendido. Le dije que no, que por un tiempo lo
haría a mi modo.
Ahora bien,
Nancy y yo nunca habíamos peleado. Claro que ella rezongaba
mucho por mí y constantemente me decía que me cuidara mejor,
pero cuando volví a jugar al tenis comenzamos a discutir. Yo
jugaba al mediodía para no ocupar el tiempo que pasábamos
juntos, pero nunca volvimos a estar como antes.
Nancy es una muchacha atractiva, unos ocho años menor que
yo, y una vez que empecé a estar más en forma pensé que nos
llevaríamos mejor que nunca porque ella estaría orgullosa de
mí. Dios sabe que me sentía mejor conmigo mismo. Pero las
cosas no funcionaron así. Ella se quejaba de que yo ya no
era el mismo y finalmente me pidió que me mudara. Para
entonces yo pesaba sólo tres kilos más que antes del
divorcio. Realmente me costó mucho dejarla. Tenía la
esperanza de que a la larga nos casaríamos. Pero cuando
adelgacé, ella estaba en lo cierto: las cosas ya no eran
iguales entre nosotros.
|