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En aquel tiempo nunca habría podido expresarlo con palabras,
pero la única forma en que yo sabía estar con alguien,
especialmente con un varón, era si él me necesitaba.
Entonces no me dejaría, porque yo lo ayudaría y él estaría
agradecido.
No es sorprendente que mi primer novio haya sido un
inválido. Había tenido un accidente automovilístico y se
había roto la espalda. Usaba soportes ortopédicos en las
piernas y caminaba con muletas de acero. Por las noches, yo
rogaba a Dios que me dejara inválida a mí en vez de él.
Íbamos juntos a los bailes y yo me quedaba sentada a su lado
toda la noche. Ahora bien, era un muchacho agradable y
cualquier chica habría disfrutado el hecho de estar con él
sólo por su compañía. Pero yo tenía otro motivo. Estaba con
él porque era seguro; como yo le estaba haciendo un
favor, no me rechazaría ni me lastimaría. Era como tener una
póliza de seguros contra el dolor. Realmente estaba loca por
ese muchacho, pero ahora sé que lo elegí porque, como yo,
tenía algo malo. Su defecto saltaba a la vista, entonces yo
podía estar cómoda sintiendo todo ese dolor y esa lástima
por él. Fue, sin duda, mi novio más sano. Después de
él vinieron delincuentes juveniles, malos alumnos... todos
perdedores.
A los diecisiete años conocí a mi primer esposo. El tenía
problemas en la escuela y estaba por abandonar los estudios.
Sus padres estaban divorciados pero seguían peleando. ¡En
comparación con esos antecedentes, los míos parecían
buenos! Podía calmarme un poco, sentir menos vergüenza
y, por supuesto, mucha pena por él. Era todo un rebelde,
pero yo pensaba que eso se debía a que nadie lo había
entendido antes que yo.
Además, yo tenía por lo menos veinte puntos más de
coeficiente intelectual que él. Y yo necesitaba esa ventaja.
Necesité eso y mucho más para siquiera empezar a creer que
yo estaba a su misma altura y que no me dejaría por alguien
mejor. |