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Armonizando Rosario > Gotas de amor para el Alma

 

RUSELL: treinta y dos años; asistente social (recibió un perdón del gobernador), diseña programas comunitarios para delincuentes juveniles

3ª parte

  Su madre estaba trabajando, gracias a Dios, cuando los muchachos me dejaron en la acera de su casa. Mónica salió sonriendo, tan contenta de verme a pesar de que no había oído de mí desde que yo había llegado a la ciudad. Recuerdo que aquel día tuvimos otra de nuestras grandes caminatas en cuanto se me pasó un poco la borrachera. Yo no tenía dinero para llevarla a ninguna parte, y tampoco tenía auto, pero eso nunca pareció importarle.

Durante mucho tiempo, Mónica me vio como alguien que no podía hacer ningún daño. Por varios años estuve en prisión varias veces, y aun así se casó conmigo y me fue leal. Su padre había abandonado a la familia cuando ella era muy pequeña. Su madre había quedado muy resentida por eso y yo no le caía bien. En realidad, fue por eso que Mónica y yo nos casamos. Una vez que me habían arrestado por falsificación de cheques, cuando salí bajo fianza su madre no la dejó verme. Entonces huimos y nos casamos. Mónica tenía dieciocho años. Vivimos en un hotel hasta mi sentencia. Ella tenía un empleo como mesera, pero renunció para poder ir a la corte todos los días durante el juicio. Entonces, por supuesto, fui a prisión y Mónica volvió con su madre. Peleaban tanto que Mónica se marchó y se mudó a la ciudad más cercana a la prisión, donde volvió a trabajar como mesera. Era una ciudad universitaria y yo siempre esperaba que ella volviera a estudiar; realmente le gustaba eso y le iba muy bien. Pero ella decía que no quería, que sólo quería esperarme. Nos escribíamos y ella venía a visitarme siempre que se lo permitían. Hablaba mucho sobre mí con el capellán de la cárcel y siempre le pedía que hablara conmigo y me ayudara, hasta que finalmente le pedí que no lo hiciera más. Yo odiaba hablar con ese tipo. No podía relacionarme.

Fuente : Women Who Love Too Much by Robin Norwood

29/03/2010

   
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