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Su madre estaba trabajando, gracias a Dios, cuando los
muchachos me dejaron en la acera de su casa. Mónica salió
sonriendo, tan contenta de verme a pesar de que no había
oído de mí desde que yo había llegado a la ciudad. Recuerdo
que aquel día tuvimos otra de nuestras grandes caminatas en
cuanto se me pasó un poco la borrachera. Yo no tenía dinero
para llevarla a ninguna parte, y tampoco tenía auto, pero
eso nunca pareció importarle.
Durante mucho tiempo, Mónica me vio como alguien que no
podía hacer ningún daño. Por varios años estuve en prisión
varias veces, y aun así se casó conmigo y me fue leal. Su
padre había abandonado a la familia cuando ella era muy
pequeña. Su madre había quedado muy resentida por eso y yo
no le caía bien. En realidad, fue por eso que Mónica y yo
nos casamos. Una vez que me habían arrestado por
falsificación de cheques, cuando salí bajo fianza su madre
no la dejó verme. Entonces huimos y nos casamos. Mónica
tenía dieciocho años. Vivimos en un hotel hasta mi
sentencia. Ella tenía un empleo como mesera, pero renunció
para poder ir a la corte todos los días durante el juicio.
Entonces, por supuesto, fui a prisión y Mónica volvió con su
madre. Peleaban tanto que Mónica se marchó y se mudó a la
ciudad más cercana a la prisión, donde volvió a trabajar
como mesera. Era una ciudad universitaria y yo siempre
esperaba que ella volviera a estudiar; realmente le gustaba
eso y le iba muy bien. Pero ella decía que no quería, que
sólo quería esperarme. Nos escribíamos y ella venía a
visitarme siempre que se lo permitían. Hablaba mucho sobre
mí con el capellán de la cárcel y siempre le pedía que
hablara conmigo y me ayudara, hasta que finalmente le pedí
que no lo hiciera más. Yo odiaba hablar con ese tipo. No
podía relacionarme. |