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El ahimsa es
un principio muy amplio. Nosotros somos mortales desvalidos atrapados en
la conflagración del himsa. El, refrán de que la vida vive de la vida
cobra entonces un profundo significado. Los hombres no pueden vivir un
instante sin perpetrar consciente o inconscientemente un himsa menor. El
mero hecho de vivir -comer, beber, moverse- implica necesariamente un
cierto grado de himsa, de destrucción de vida, aunque ésta sea muy
pequeña.
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A T M A G A N D H I
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Por ello, un
devoto del ahimsa permanecerá fiel a su fe si la compasión es la fuente
de la que brotan sus acciones, si evita con todas sus fuerzas la
destrucción de las criaturas, incluso de las más diminutas, y trata
siempre de salvarlas, luchando incesantemente para liberarse de la
espiral mortífera del himsa. Empero, aun cuando aumenten sus
autorrestricciones y su compasión, nunca llegará a verse enteramente
libre del himsa menor.
Por otra
parte, dado que el ahimsa subyacente es la unidad de la vida, el error
de uno no puede sino afectar a todos; en consecuencia, el hombre no
puede liberarse enteramente del himsa. En tanto sea un ser social, el
devoto no puede dejar de participar en el himsa que entraña la
existencia misma de la sociedad.
Autobtografia, 1948, pp. 427-29.
Apoderarse
de la vida puede ser un deber. Consideremos esta posición.
Destruimos
tanta vida como creemos que es necesario para que el cuerpo subsista.
Así, para comer nos apoderamos de vida vegetal y de otras clases- y en
bien de nuestra salud destruimos mosquitos e insectos semejantes
mediante, el uso de insecticidas, pero al obrar de este modo no nos
sentimos culpables de irreligión.
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L I G I Ó N
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