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Si nosotros
existimos, si nuestros padres y sus padres han existido, entonces es
natural creer en el
Padre de toda
la creación. Si Él no existe, nosotros no existimos en parte alguna. Él
es uno y, al mismo tiempo, es muchos. Es más pequeño que un átomo y más
grande que el Himalaya. Lo contiene hasta una gota del océano y, sin
embargo, ni los siete mares pueden encerrarlo. La razón es impotente
para conocerlo. Él está más allá del alcance o la aprehensión racional.
No es necesario que continúe insistiendo sobre el tema. En esta cuestión
lo esencial es la fe. Mi lógica puede hacer y deshacer innumerables
hipótesis. Un ateo podría derrotarme en un debate; sin embargo, mi fe
corre tanto más rápidamente que mi razón, por lo cual puedo desafiar al
mundo entero y decir que "Dios es, fue y será siempre.” No obstante,
aquellos que quieran negar su existencia, tienen la libertad de hacerlo.
Dios es misericordioso y compasivo: no es un rey terrenal que necesita
un ejército para hacernos aceptar su poder. Él nos concede la libertad
y, sin embargo, Su compasión ordena obediencia a Su voluntad. Si alguien
desdeña inclinarse ante Su voluntad, dice: "Así sea; no por esto mi sol
brillará menos para ti, ni tampoco mis nubes para ti han de llover
menos.
No necesito
forzarte para que aceptes mi poder." Dejemos, pues, al ignorante que
discuta la existencia de semejante Dios. Yo soy uno de los millones de
hombres sabios que creen en E y nunca me cansaré de inclinarme ante E1l
ni de cantar Su gloria.
Young India,
21-1-'28, pp. 30.31
Existe un
Poder indefinible y misterioso que todo lo penetra. Lo siento aunque no
lo vea. Este Po-
der oculto que
se hace sentir desafía, sin embargo, todas las pruebas porque es
completamente distinto a todo lo que percibo a través de mis sentidos.
Es un Poder que trasciende los sentidos.
No obstante es
posible demostrar, hasta cierto punto, la existencia de Dios. Aun en
los. asuntos
cotidianos
sabemos que la gente en general no sabe quién gobierna ni por qué y
tampoco cómo gobierna.
Sin embargo
saben que, sin duda, hay un poder que gobierna.
El año pasado,
en mi viaje por Mysore, me encontré con muchos aldeanos pobres y pude
descubrir,
mediante las
preguntas que les formulaba, que no sabían quién gobernaba Mysore.
Decían simplemente que lo gobernaba algún dios. Si el conocimiento de
esta pobre gente sobre su gobernante era tan limitado, a - mí, que soy
infinitamente más pequeño que Dios -más pequeño que ellos respecto de su
gobernante- no debiera causarme sorpresa el no haberme dado cuenta de la
presencia de Dios, el rey de reyes.
No obstante,
yo también siento -como sentían los pobres aldeanos respecto de Mysore-
que hay un
orden en el
universo, que existe una Ley inalterable que gobierna cada cosa y cada
ser existente o vi-
viente. No es
una ley ciega pues ninguna ley que se ciega puede gobernar la conducta
de los seres vivientes; vida que, gracias a las maravillosas
investigaciones de Sir J. C. Bose, ahora podemos probar que se extiende
inclusive a la materia. Luego, esa Ley que gobierna toda vida es Dios.
La Ley y el Legislador son uno. No puedo negar la Ley y tampoco al
Legislador tan sólo porque sé muy poco sobre Ella o sobre El. Así como
mi negación o ignorancia sobre la existencia de un poder terrenal no me
servirá de nada, del mismo modo mi negación de Dios y de su Ley no me
liberará de su acción. Al igual que una aceptación humilde y silenciosa
de la autoridad divina torna más fácil el camino de la vida, la
aceptación de un gobierno terrenal torna más fácil la vida que se somete
a él.
Al paso que
percibo oscuramente que todo a mi alrededor cambia constantemente, muere
constantemente, encuentro que por debajo de esos cambios hay un poder
vital que es inmutable, que todo lo reúne, que crea, disuelve y recrea.
Ese poder o espíritu que da toda forma es Dios. Y puesto que nada de lo
que veo meramente a través de mis sentidos puede o podrá perdurar, solo
Él es.
Este poder ¿es
benévolo o malévolo? Yo lo considero puramente benévolo. Ya que me es
dado
ver la
perduración de la vida en medio de la muerte, la perduración de la
verdad en medio de la mentira y la perduración de la luz en medio de la
oscuridad, deduzco de ello que Dios es Vida, Verdad, Luz,
es Amor. Es el
Bien Supremo.
No obstante,
Él no es un Dios que simplemente satisface el intelecto, si es que
alguna vez lo hace.
Dios, para ser
Dios, debe gobernar el corazón y transformarlo. Debe expresarse hasta en
el más ínfimo acto de Su devoto. Esto sólo puede darse mediante una
comprensión definitiva y mucho más real que la que jamás podrían
producir cualesquiera de los cinco sentidos. Las percepciones de los
sentidos pueden ser -y con frecuencia lo son- falsas e ilusorias, a
pesar de que a nosotros nos puedan parecer muy reales. Pero cuando la
comprensión no se produce con los sentidos, es infalible. Esto se ha
comprobado, no por medio de una evidencia externa, sino por la
transformación de la conducta y del carácter de aquellos que han sentido
en su interior la presencia real de Dios.
Semejante
testimonio puede hallarse en la cadena ininterrumpida de profetas y
sabios de todos los
países y todos
los climas. Rechazar esta evidencia es negarse a sí mismo.
Dicha
comprensión está precedida por una fe inamovible. Aquel que quiera
comprobar en sí
mismo la
presencia de Dios puede hacerlo mediante una fe viva. Y puesto que la fe
no, puede ser, probada mediante una evidencia externa, el camino más
seguro es creer en el gobierno moral del mundo y, en consecuencia,. en
la supremacía de la ley moral, la ley de la Verdad y el Amor. El
ejercicio de la fe será lo. más seguro allí donde haya una clara
determinación de rechazar sumariamente todo lo que sea contrario a la
Verdad y el Amor.
No puedo
explicar la existencia del mal mediante ningún método racional. Querer
hacerlo es
sentirse igual
a Dios. Por eso, soy lo suficientemente humilde como para aceptar el mal
como lo
que es. Y
denomino a Dios paciente y sufriente por la precisa razón de que permite
la existencia del mal en el mundo. Sé que no hay mal en Él aunque existe
el mal y Dios sea su autor, Él, permanece inmaculado.
Asimismo, sé
que nunca conoceré a Dios si no lucho con y contra el mal, aun cuando
eso me
cueste la
vida. Mi experiencia humilde y limitada me ha fortalecido en la fe. A
medida que trato de volverme más puro, me siento más cerca de Dios.
¿Cuánto más
puro he de ser cuando mi fe ya no seauna mera apología como lo es hoy
sino que se haya tornado tan inamovible como el Himalaya y tan blanca y
brillante como la nieve de sus picos? Entretanto, invito al lector a
rezar con Newman, que en sus ejercicios espirituales cantaba:
Guíame, Luz
bondadosa, a través del cerco de tinieblas,
Enséñame el
camino.La noche es oscura y estoy lejos del hogar, Enséñame el camino.
Dirige mi
andar: me basta solo un paso, Yo no pido ver el paisaje lejano.
Young
India, 11-10-'28, pp. 340-41
Los
racionalistas son seres admirables, pero el racionalismo se vuelve un
monstruo horrible cuando
tiene
pretensiones de omnipotencia. Atribuir omnipotencia a la razón es tan
deplorable como
adorar un
ídolo de madera y piedra creyendo que es Dios. No abogo por la supresión
de la razón sino
por un debido
reconocimiento de aquello que está dentro de nosotros y que santifica a
la razón misma.
Young India,
14-10-'28, p. 359
Es bastante
fácil decir: "No creo en Dios", pues Dios permite que impunemente se
digan muchas
cosas de P-1.
F1 observa nuestros actos. Cualquier quebrantamiento de Su Ley lleva
consigo su castigo, no vindicativo sino purificador y constrictivo.
Young India, 23-9-'28, p. 333 |